LA RUTA DEL TÉ: VIAJE A LONDRES

By Victoria Bisogno

Todavía trabajando como ingeniera para una empresa inglesa tuve la suerte de vivir unos meses en Londres. Yo era muy joven y llevaba en mi valija una carga de miedos y expectativas, que felizmente fueron superados al primer contacto con esta ciudad. Su gente resultó de lo más amable, la metrópolis era de lo más atractiva y me sentí enseguida como en casa.

Londres es una ciudad cosmopolita, como todos saben, pero vivirla realmente te introduce en un mundo de culturas extrañas y sabores distintos. Caminar por sus calles es respirar aire indio, árabe, keniata, y de incontables países y culturas. Mi oficina era igual: una mezcla de razas y orígenes que hacían de mi trabajo un descubrimiento. Nunca me voy a olvidar del olor a especias y curry de los almuerzos, o el susurro en lenguas extrañas, seguido de la reprimenda de nuestro manager: “hablen en inglés”, decía, claro, en ese idioma!

Como ya he contado, toda mi vida tomé té. Mi relación con las hebras está fusionada con los más lindos recuerdos de mi infancia, de la mano de mi abuela. Ya a los veintipico, mi contacto con el té en Londres fue en el desayuno. Vivía en una casa de familia, a donde la dueña era una señora inglesa pintada en un cuadro. Elegante, solemne y observadora, se sorprendió cuando le pedí té y no café. “Todos los extranjeros piden café, me extraña que te guste el té” me dijo, y le conté mi historia personal con la infusión, y los momentos hermosos que viví con mi abuela en nuestro ritual de la tarde. Ese fue el comienzo de una hermosa relación, casi de abuela-nieta adoptivas. Ella cada día agregaba más detalles al desayuno, tratando de complacerme con exquisiteces hechas a mano.

En la oficina, casi muero de un infarto cuando descubrí una larga mesa llena de frutas, refrescos, barritas de cereales, y 3 latas de té en hebras. SÍ, EN HEBRAS!!!! Era la primera vez que en una oficina veía té en hebras, y de la más alta calidad. Enseguida entendí que el destino me había enviado a Londres para hacer un gran descubrimiento: el de mi vocación.

A partir de ese día comencé un recorrido por las casas de té y tiendas cercanas a mi oficina, que estaba a una cuadra de la estación Victoria. Qué placer desnudar las tiendas en busca de esa enorme variedad de té disponible para todos los gustos y bolsillos!victoria-bisogno-en-londres-www-elclubdelte-com

Pero la experiencia más loca y divertida fue dentro del edificio de esa empresa. Una o dos veces me pasó de estar muy concentrada trabajando en mi computadora, levantar la cabeza y ver la oficina desierta. A la tercera, me asusté. Pensé “¿habrá sonado una alarma y no me di cuenta? ¿Habrán desalojado el edificio?” Todo era silencio. No quedaba nadie, pero los papeles, los elementos de trabajo (y los abrigos) seguían ahí. Decidí investigar. Me levanté de mi asiento, y tomando valor salí al pasillo. Nada. Ni un sonido, ni rastros de mis compañeros de trabajo. Seguí caminando hasta que detrás de una puerta se abrió la luz: había llegado a la cocina. Un fuerte murmullo invadía todo. Olor a tostadas recién hechas, manteca derretida, y humeantes tazas de té se repartían entre jefes y subordinados. Era el “tea break”, el famoso recreo de té establecido desde hacía años, que sigue siendo un ritual no solo aceptado sino venerado por cada uno de los empleados, independientemente de su puesto o jerarquía.

¿Qué extraña razón me había llevado a ese paraíso? ¿Qué habría sido de mi vida si no me hubiera animado a esa experiencia? Yo que pensaba que era un bicho raro: “la que toma té” mientras todos mis amigos tomaban mate o café…. Pero en Londres yo estaba como pez en el agua o, mejor dicho, como hebras en el agua 🙂 infusionando sabores y recuerdos que jamás se van a borrar de mi mente. A partir de ahí no sólo incorporé muchos nuevos tés a mi tesoro de hebras, sino que comenzó una obsesión que me llevó a muchas otras aventuras, pero eso vendrá en un siguiente post.

#LaCulturaDelTe

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